¿Quién es el cuidador?
La inequidad de género en los cuidados
Cuando una persona sufre un EVC (accidente cerebrovascular), su vida cambia. Pero también cambia la vida de quienes lo rodean. Alguien debe cuidar, acompañar, levantar, alimentar, limpiar, llevar a consultas, gestionar papeles, consolar, estar.
En la mayoría de los casos, ese “alguien” es una mujer.
Madres, hermanas, hijas, esposas, nueras… Las cifras lo confirman: más del 75% de los cuidados no remunerados no sólo en México, sino en toda América Latina recaen sobre mujeres. Y lo hacen muchas veces sin apoyo, sin descanso, sin reconocimiento, sin una red que les cuide también a ellas.
¿Y los hombres?
La desigualdad en los cuidados no es casualidad: responde a normas sociales profundamente arraigadas. Desde la infancia, a las mujeres se les asignan tareas domésticas y de acompañamiento como parte de su “naturaleza”, mientras que a los hombres se les vincula con el espacio público y el trabajo remunerado. Así, cuando aparece una situación de dependencia —como la de un familiar que ha sufrido un EVC—, la sociedad espera que sean ellas quienes asuman de manera “natural” la carga de cuidar.
A esto se suman estructuras económicas y laborales que refuerzan el ciclo: muchas mujeres trabajan en empleos más precarios, con menores salarios y menos protección social, lo que las hace “más disponibles” para abandonar el trabajo y dedicarse al cuidado. En cambio, los hombres suelen estar respaldados por la idea de que su responsabilidad principal es aportar dinero, incluso cuando eso los exime de involucrarse en lo cotidiano del cuidado. Este entramado cultural y económico explica por qué, aunque los hombres puedan y deban cuidar, el peso sigue recayendo de manera abrumadora sobre las mujeres.
Resistencias y objeciones comunes
Hablar de corresponsabilidad en los cuidados suele despertar resistencias. Algunas de las más frecuentes son:
- “Yo trabajo y no tengo tiempo”
El trabajo remunerado no cancela la responsabilidad de cuidar. Muchas mujeres también trabajan y, además, asumen los cuidados de un familiar. La corresponsabilidad implica organizarse y redistribuir tareas, no esperar a estar “libre”. - “No sé cómo hacerlo”
Nadie nace sabiendo cuidar, es una habilidad que se aprende como cualquier otra. Las mujeres tampoco reciben un manual, lo aprenden en la práctica. La falta de experiencia no es excusa: con voluntad y disposición, todos pueden aprender. - “Me desespero, no tengo paciencia”
El cuidado exige paciencia, pero no se trata de una cualidad innata femenina. Es otra habilidad que se desarrolla. Además, repartir tareas ayuda a que nadie se desgaste al punto de perder la calma. - “Ella lo hace mejor que yo”
Este argumento perpetúa la desigualdad. La única manera de mejorar es practicando. El cuidado no debería recaer en una sola persona porque “ya tiene la experiencia”. - “Mi obligación es traer dinero a la casa”
Aun cuando alguien asuma el rol principal de proveedor económico, el cuidado sigue siendo responsabilidad compartida. Los vínculos afectivos, la salud y el bienestar familiar no se compran con dinero. - “Que decida ella, yo no quiero equivocarme”
En muchas familias, los hombres evitan tomar decisiones importantes sobre el cuidado —aceptar una cirugía, cambiar un tratamiento, ingresar a rehabilitación o contratar ayuda externa— bajo la idea de que “ella sabe más” o “mejor que decida, porque si sale mal será su culpa”.
Este patrón descarga en las mujeres una doble responsabilidad: no sólo ejecutan el cuidado diario, sino que cargan con la presión de decidir en escenarios complejos y asumir las consecuencias emocionales y familiares de esas decisiones.
El peso invisible
Las mujeres que cuidan no solo realizan el esfuerzo físico, sino también llevan el peso emocional, organizativo y mental del cuidado. Dejan trabajos, posponen metas, renuncian a su tiempo. Todo por amor. Pero el amor no debería ser excusa para la desigualdad.
El peso invisible de la culpa
Delegar toda la toma de decisiones refuerza la inequidad: convierte a las mujeres en responsables únicas del rumbo del cuidado, mientras que otros evitan el malestar de equivocarse. Pero decidir también debe ser una tarea compartida. Equivocarse, asumir riesgos y enfrentar los resultados es parte de la corresponsabilidad.
No esperes a que te digan qué hacer
Involucrarse en el cuidado no significa esperar a que alguien más —generalmente una mujer— dé instrucciones claras, cronogramas detallados y tareas asignadas. Cuidar implica iniciativa, empatía y presencia.
Es tu familiar también. Es tu compromiso y obligación también.
No se trata de “ayudar”, se trata de asumir tu parte.
¿Cómo comenzar a cambiarlo?
- Reconoce tu parte en los cuidados. No das “ayuda”, eres corresponsable de los cuidados.
- Toma la iniciativa. Pregunta qué se necesita y ofrece soluciones.
- Asume responsabilidades concretas sin que te las asignen.
- Participa activamente en decisiones médicas, traslados, seguimiento o rutinas.
- Hablen en familia sobre las cargas y distribúyanlas con justicia, no con costumbre.
- No aplaudas al hombre por “ayudar” si no aplaudes a la mujer que lleva años haciéndolo sola.
Finalmente, cuando los hombres participan activamente en la toma de decisiones:
- Se reparte el peso emocional, porque la culpa y la incertidumbre no recaen en una sola persona.
- Se fortalecen los lazos familiares, pues las decisiones se asumen colectivamente.
- Se valida la experiencia femenina, pero sin convertirla en una condena a decidir siempre sola.
Si eres hombre y tienes una madre, hermana, esposa o hija que ya cuida, reflexiona con honestidad: ¿qué tan grande es la disparidad de las responsabilidades qué asumen? ¿qué parte me toca a mí asumir? ¿qué más podría hacer yo?
Cuidar también es político
Reconocer la inequidad en los cuidados es el primer paso para cambiarla. Y crear sistemas, redes y herramientas que acompañen también a quienes cuidan —sin importar su género— no es solo un acto de justicia individual, sino un paso para transformar nuestras familias, nuestras comunidades y el tejido social.
Porque cuidar es también transformar la sociedad.
